Hay personas que saben relacionarse muy bien, pero les cuesta habitarse cuando no están cumpliendo ningún rol. Porque llevan tanto tiempo adaptándose que han perdido la sensación de espontaneidad.

Funcionan bien. Encajan. Saben qué decir, cómo comportarse, qué mostrar. Y aun así, algo no termina de sentirse propio.

1.Lógica de las máscaras: la búsqueda de amor

Las máscaras sociales aparecen temprano y con una lógica muy clara: ser querido. Cuando crecer implicó ajustarse, ayudar, sostener o no molestar demasiado, el mensaje que se interioriza es sencillo y profundo a la vez: así me quieren.

Entonces el objetivo vital se organiza alrededor de eso. No de ser, sino de ser aceptado.

  • Si aprendiste que cuidando te querían, el rol de cuidador se volvió identidad.
  • Si aprendiste que siendo fuerte te validaban, la fortaleza se volvió refugio.
  • Si aprendiste que siendo útil, eficiente o comprensiva eras importante, esas cualidades se convirtieron en tu forma de estar en el mundo.

No es una elección libre, es un aprendizaje relacional. Estas formas de funcionar no son rasgos de personalidad. Son defensas. Respuestas adaptativas a contextos donde el amor estaba condicionado a lo que ofrecías.

2.El coste de la función

Con el tiempo, estas máscaras dejan de sentirse como algo que haces y pasan a sentirse como lo que eres. Y ahí empieza la confusión. Porque sostener una versión de ti centrada en cumplir una función tiene un coste: cansa, vacía y te aleja de lo que necesitas mientras te mantiene cerca de los demás.

Muchas personas llegan a terapia con una sensación difícil de explicar: están acompañadas, pero se sienten solas; son valoradas, pero no se sienten vistas. La máscara funciona, el vínculo se mantiene, pero el contacto auténtico no termina de aparecer.

3.Soltar el rol para encontrar el ser

Cuando vivir gira alrededor de sostener una función para no perder el amor, el sistema nervioso no descansa. Permanece en alerta.

Soltar una máscara no implica dejar de cuidar, de ser fuerte o de ser capaz. Implica poder elegir cuándo hacerlo y cuándo no. Implica permitir que el valor no dependa solo de lo que das o de lo bien que funcionas.

Implica empezar a experimentar que el vínculo puede mantenerse incluso cuando no estás cumpliendo un rol. Eso no ocurre de golpe. Ocurre en espacios donde la relación no está condicionada, donde no hay que ganarse el lugar.

Cuando el cuerpo comprueba que puede ser querido sin rendir examen, algo se relaja. La máscara deja de ser necesaria poco a poco. Y por primera vez, aparece una forma de estar más viva, más coherente, más propia. No perfecta, sino más real.