Decir le tengo manía a mi pareja suele ir acompañado de culpa y confusión. Muchas personas lo dicen casi en voz baja, como si fuera algo inconfesable, porque todavía hay una idea muy instalada de que, si quieres a alguien, no deberías sentir rechazo, irritación o hartazgo.

Pero la realidad emocional es mucho más compleja. En la mayoría de los casos, no es manía, ni falta de amor, ni desinterés real. Lo que aparece es saturación emocional.

1.El agotamiento del sistema nervioso

Cuando llevas tiempo sosteniendo la relación desde un lugar de sobreesfuerzo —adaptándote, callándote, entendiendo más de lo que puedes, priorizando al otro— el sistema nervioso empieza a agotarse. Y cuando el cuerpo se agota, pierde capacidad de regulación.

Entonces ocurre algo muy humano: lo que antes tolerabas empieza a molestar. Lo que antes pasaba desapercibido ahora irrita. Lo pequeño se vuelve enorme. No porque tu pareja haya cambiado tanto, sino porque tú ya no tienes el mismo margen interno.

Muchas veces, esta manía aparece cuando no ha habido espacio para escucharte de verdad. Cuando no te has permitido enfadarte, pedir, poner límites o reconocer que algo te duele. La emoción no expresada no desaparece: se acumula. Y cuando se acumula, suele salir en forma de irritación constante.

2.El papel del apego: cuando necesito y rechazo a la vez

Desde el apego, esta sensación es especialmente frecuente en personas que aprendieron a vincularse desde la ambivalencia: querer mucho y, a la vez, sentirse invadidas; necesitar al otro y al mismo tiempo perderse en la relación.

En esos casos, la irritación cumple una función inconsciente:

  • Crear espacio cuando no sabes cómo pedirlo.
  • Marcar un límite cuando no te sientes autorizada a hacerlo de forma directa.

No es desamor. Es una señal de que algo dentro de ti necesita atención.

3.¿Qué hago con esta sensación?

El problema aparece cuando interpretamos esta sensación como una prueba definitiva de que la relación está mal o de que algo falla en mí. Ahí entra la culpa, el silencio y, muchas veces, la desconexión.

Pero si en lugar de juzgarla, la escuchamos, la pregunta cambia:

No es ¿por qué me molesta tanto mi pareja? sino ¿qué llevo tiempo sosteniendo que ya no puedo sostener?, ¿qué emoción no me estoy permitiendo sentir?, ¿qué necesito y no me atrevo a pedir?

Cuando estas preguntas empiezan a tener espacio, la manía deja de ser un monstruo. Se convierte en un mensaje.